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Horacio “El Ejote” Piña García: un matamorense que hizo historia.

Antes de convertirse en campeón de las Grandes Ligas, antes de lanzar un juego perfecto y antes de que una unidad deportiva de Matamoros llevara su nombre, Horacio Piña García era un joven matamorense que ni siquiera tenía al béisbol como su deporte principal.

Nació el 12 de marzo de 1945 en Matamoros, Coahuila, específicamente en el entorno del ejido Las Maravillas. Fue hijo de Roberto Piña Trujillo y Nohemí García Castro y ocupó el cuarto lugar entre siete hermanos. Su padre trabajaba en un molino de maíz de un ejido y también había sido pitcher semiprofesional.

Con el paso de los años, aquel joven de La Laguna llegaría a competir en el máximo nivel del béisbol mundial y escribiría una de las trayectorias deportivas más importantes surgidas de Matamoros.

Curiosamente, primero prefirió el futbol

Uno de los detalles más interesantes de la historia de Horacio Piña es que de niño y adolescente no estaba especialmente interesado en jugar béisbol.

Por su estatura, practicaba futbol y se desempeñaba como portero y defensa. Su acercamiento al béisbol ocurrió alrededor de los 17 años, casi por casualidad: recogió una pelota de foul en el Campo Cámara y la devolvió con un lanzamiento que llamó la atención de quienes estaban jugando.

Le ofrecieron incorporarse a un equipo. Al principio no parecía muy convencido, pero la posibilidad de recibir 50 pesos, una cantidad considerable para él en aquella época, ayudó a cambiar su decisión. Así comenzó con un conjunto patrocinado por La Paletería Galindo.

Era difícil imaginar que ese lanzamiento casual acabaría siendo el comienzo de una carrera internacional.

¿Por qué le decían “El Ejote”?

Su físico terminó dándole el sobrenombre con el que sería reconocido durante prácticamente toda su carrera.

En 1963, Piña medía ya más de seis pies pero pesaba poco más de 150 libras. Durante un juego en Gómez Palacio, su amigo Joaquín Gómez hizo referencia a su figura extremadamente delgada y terminó llamándolo “Ejote”.

El apodo permaneció para siempre.

Años después, incluso en el béisbol estadounidense, su físico alto y delgado llamaría la atención. Conforme avanzó su carrera ganó peso, pero su peculiar figura y, sobre todo, su inusual forma de lanzar lo hicieron fácilmente reconocible.

De Matamoros al béisbol profesional mexicano

Durante 1964 jugó tanto en Gómez Palacio como representando a Matamoros en la Liga Mayor de Béisbol de La Laguna.

Su actuación llamó la atención de buscadores vinculados con los Pericos de Puebla. Uno de ellos fue Nazario Moreno. Cuando le propusieron dar el salto al profesionalismo, el propio Piña reconoció que todavía no sabía realmente cómo jugar a ese nivel.

La respuesta de los buscadores fue sencilla: allá aprendería.

Como su padre ya había fallecido, fue su madre quien firmó el contrato que permitió que Horacio comenzara formalmente su camino profesional.

En 1965 se incorporó a Zacatecas, sucursal de Puebla. Sus primeros resultados dejaron claro que todavía tenía mucho por aprender: lanzó 116 entradas, acumuló problemas de control y terminó con efectividad de 6.60.

Pero continuó.

La temporada que cambió su carrera

En 1967, Piña consiguió establecerse con los Pericos de Puebla.

El equipo terminó en último lugar, pero el matamorense obtuvo una marca de 16 victorias y 11 derrotas, con efectividad de 3.28. Una encuesta realizada por el diario deportivo La Afición entre los managers de la liga lo señaló como el principal novato de aquella temporada.

Su actuación atrajo la mirada de Regino “Reggie” Otero, buscador de los Cleveland Indians.

Eso abrió una puerta que pocos mexicanos habían conseguido cruzar.

El salto a Estados Unidos

Piña pasó por Reno en Clase A y posteriormente tuvo una destacada etapa con Portland, sucursal Triple-A de Cleveland.

En 1968 inició con Portland con marca de 3-1 y efectividad de apenas 0.69 en 39 entradas. Después regresó a Puebla y siguió lanzando bien: terminó allí con marca de 9-6 y efectividad de 2.22.

Cleveland decidió finalmente llevarlo a Grandes Ligas.

Y así, el 14 de agosto de 1968, Horacio Piña García debutó en MLB con los Cleveland Indians.

No fue un debut discreto.

Entró como relevista frente a los Detroit Tigers y retiró a los seis bateadores que enfrentó, sin permitir hit ni base por bolas y consiguiendo cuatro ponches en dos entradas.

Tenía 23 años.

Su primera apertura en Grandes Ligas

Una semana después, el 21 de agosto, recibió su primera oportunidad como abridor frente a los Boston Red Sox.

Piña lanzó 8 entradas y dos tercios, permitió únicamente dos carreras —una de ellas sucia— y salió del encuentro entre una ovación de los aficionados de Cleveland. Su compatriota Vicente Romo completó la victoria 8-2.

Sin embargo, la mayor parte de la carrera de Piña en Estados Unidos no se desarrollaría como abridor.

Su especialidad terminaría siendo el bullpen.

Un lanzamiento que parecía venir desde el suelo

Horacio Piña desarrolló una mecánica extremadamente particular.

Lanzaba de lado y en ocasiones desde un ángulo casi submarino. Su movimiento era tan distintivo que durante las transmisiones de la Serie Mundial de 1973 las cámaras incluso prestaron atención a la forma en que terminaba su movimiento sobre el montículo.

Uno de sus lanzamientos más importantes fue una palmball con movimiento descendente, que había aprendido durante su etapa con Washington y perfeccionado jugando pelota invernal.

Con Oakland, el coach de pitcheo Wes Stock lo convenció de confiar definitivamente en su lanzamiento lateral incluso frente a bateadores zurdos, en lugar de cambiar a un movimiento por encima del brazo.

La decisión mejoró notablemente su efectividad.

Washington, Ted Williams y el nacimiento de un relevista

Después de Cleveland, Piña pasó a los Washington Senators, donde fue dirigido por uno de los personajes más importantes en la historia del béisbol: Ted Williams.

Piña tuvo dificultades iniciales con el idioma inglés, pero desarrolló una relación cercana con Williams, quien lo ayudó a adaptarse a la vida y al béisbol en Estados Unidos.

En 1970 participó en 61 juegos, la mayor cantidad de su carrera en una sola temporada, y volvió a tener fuerte actividad en 1971 con 56 apariciones.

Cuando la franquicia de Washington se mudó y se convirtió en los Texas Rangers, Piña permaneció con el equipo.

En 1972 consiguió 15 salvamentos en 60 juegos, la cifra más alta de salvamentos de su carrera en MLB.

Entonces llegó el movimiento que cambiaría su historia.

1973: el año que llevó a Matamoros hasta la Serie Mundial

El 30 de noviembre de 1972, Texas envió a Horacio Piña a los Oakland Athletics a cambio de Mike Epstein.

Oakland no era cualquier equipo.

Los Athletics acababan de ganar la Serie Mundial de 1972.

Piña llegaba al campeón defensor.

Y respondió con la que sería su mejor temporada en Grandes Ligas.

Durante la temporada de 1973 lanzó en:

47 juegos
88 entradas
6 victorias y 3 derrotas
8 salvamentos
2.76 de efectividad
WHIP de 1.045

Fue parte de un bullpen que también contaba con figuras como Rollie Fingers, Darold Knowles y Paul Lindblad.

Horacio Piña llega a la Serie Mundial

Oakland conquistó nuevamente su división y avanzó a la Serie de Campeonato de la Liga Americana frente a Baltimore.

Piña apareció en el segundo juego de esa serie y lanzó dos entradas sin permitir carrera propia después de reemplazar a Vida Blue.

Los Athletics avanzaron.

El siguiente rival serían los New York Mets.

Horacio Piña se convirtió así en el segundo pelotero mexicano en participar en una Serie Mundial, después de Bobby Ávila en 1954.

La dimensión del momento era enorme: un hombre nacido en Matamoros, Coahuila, estaba lanzando en el evento más importante del béisbol mundial.

Dos apariciones frente a los Mets

Piña participó en dos encuentros de aquella Serie Mundial.

En el Juego 2 tuvo una breve y complicada salida. Entró en la sexta entrada sustituyendo a Vida Blue y enfrentó tres bateadores antes de abandonar el juego.

Su segunda aparición llegó en el Juego 4, donde lanzó tres entradas como relevista.

Oakland finalmente ganó la Serie Mundial cuatro juegos a tres.

Horacio Piña era campeón del mundo.

Y según la investigación histórica de la Society for American Baseball Research, se convirtió en el primer jugador mexicano en ganar un anillo de Serie Mundial.

Matamoros, Coahuila, ya tenía un campeón de las Grandes Ligas.

Ocho temporadas en Grandes Ligas

La trayectoria completa de Piña en MLB abarcó ocho temporadas entre 1968 y 1978.

Jugó para siete organizaciones:

Cleveland Indians
Washington Senators
Texas Rangers
Oakland Athletics
Chicago Cubs
California Angels
Philadelphia Phillies

Sus números finales en Grandes Ligas fueron:

EstadísticaTotal
Juegos314
Victorias23
Derrotas23
Efectividad3.25
Entradas432
Ponches278
Salvamentos38
Juegos iniciados7

MLB mantiene oficialmente esos números en el registro histórico del jugador.

Pero la historia de El Ejote estaba lejos de terminar.

Regreso a México: comienza otra etapa legendaria

Después de dejar temporalmente las Grandes Ligas en 1975, Piña regresó a México.

Unión Laguna tuvo interés en contratarlo, pero no aceptó las condiciones económicas solicitadas por el pitcher. Los Rieleros de Aguascalientes sí llegaron a un acuerdo.

Y la decisión de Aguascalientes resultaría histórica.

El 1 de mayo de 1975, prácticamente recién incorporado, Piña lanzó un juego sin hit en Ciudad Juárez.

Pero tres años después ocurriría algo todavía más grande.

12 de julio de 1978: la noche perfecta

El escenario fue el Estadio Alberto Romo Chávez de Aguascalientes.

El rival: Diablos Rojos del México.

La fecha: 12 de julio de 1978.

Horacio Piña subió al montículo con los Rieleros y consiguió una de las hazañas más difíciles posibles para un pitcher:

27 bateadores enfrentados.
27 bateadores retirados.
Ningún hit.
Ninguna base por bolas.
Ningún corredor llegó a primera base.

Un juego perfecto de nueve entradas.

Rieleros ganó 3-0.

Según la investigación de SABR, necesitó apenas 86 lanzamientos. Lo más curioso es que Piña sabía que estaba lanzando un juego sin hit, pero no se había dado cuenta de que también estaba completando un juego perfecto.

Se convirtió en apenas el segundo pitcher en la historia de la Liga Mexicana de Béisbol en completar un juego perfecto de nueve entradas, después de Ramiro Cuevas en 1953.

Y estuvo cerca de repetirlo

La actuación adquirió una dimensión todavía mayor en su siguiente salida.

Piña comenzó ese encuentro retirando otros seis innings perfectos, prolongando una extraordinaria racha que venía del juego anterior.

La temporada completa de 1978 terminó siendo una de las mejores de su carrera:

21 victorias
4 derrotas
1.94 de efectividad
19 juegos completos

Además, ayudó a los Rieleros de Aguascalientes a conquistar el campeonato de la Liga Mexicana.

Su desempeño fue tan sobresaliente que los Philadelphia Phillies compraron su contrato en septiembre, permitiéndole regresar brevemente a Grandes Ligas con 33 años.

También fue una figura de la pelota invernal

El legado de Horacio Piña tampoco puede entenderse únicamente a través de Grandes Ligas y la Liga Mexicana.

Tuvo una destacada trayectoria en la Liga Mexicana del Pacífico, especialmente con los Tomateros de Culiacán.

Durante el invierno de 1967 consiguió una impresionante racha de 46 entradas y un tercio sin permitir carrera, una marca que permanecía como récord de la liga cuando SABR revisó su biografía en 2014.

Ganó campeonatos con Culiacán y participó en la Serie del Caribe de 1978 en Mazatlán. Décadas después, cuando la Liga Mexicana del Pacífico celebró sus primeros 50 años, Piña fue seleccionado entre los 50 jugadores más importantes de su historia.

Su número 33 también figura entre los números retirados por los Tomateros de Culiacán.

Sus números en el béisbol mexicano

En el béisbol de verano mexicano, Piña terminó con una impresionante marca de:

100 victorias
68 derrotas
2.35 de efectividad
235 apariciones
160 aperturas
98 juegos completos
24 blanqueadas

Son números extraordinarios para un lanzador cuya principal función en Estados Unidos había sido la de relevista.

El Salón de la Fama

En 1988, Horacio Piña García recibió uno de los mayores reconocimientos posibles en nuestro país: su ingreso al Salón de la Fama del Béisbol Mexicano.

El propio Salón de la Fama destaca su nacimiento en Matamoros, Coahuila; su paso por Grandes Ligas; la temporada de 1973 con Oakland; su extraordinaria campaña de 1978 y su histórica actuación con los Rieleros.

Matamoros no olvidó a El Ejote

Su ciudad natal también ha preservado su nombre.

La Unidad Deportiva Horacio Piña de Matamoros lleva décadas homenajeando al lanzador y actualmente continúa siendo uno de los espacios deportivos importantes del municipio. Incluso en 2025 se anunciaron nuevas inversiones para mejorar sus instalaciones.

También existe en el municipio la Liga Municipal Horacio Piña, manteniendo su apellido ligado a nuevas generaciones de beisbolistas.

Su influencia llegó incluso a los reconocimientos oficiales del municipio: una de las preseas entregadas a ciudadanos destacados en el ámbito deportivo lleva el nombre “Horacio Piña García”.

Un matamorense que llegó a la cima del béisbol

La historia de Horacio Piña parece improbable.

Un joven de Matamoros que prefería jugar futbol.

Una pelota de foul recogida por casualidad.

Un lanzamiento que llamó la atención.

Un equipo patrocinado por una paletería.

Después Puebla.

Después Cleveland.

Washington.

Texas.

Y finalmente Oakland.

En 1973, aquel muchacho nacido en Matamoros estaba celebrando un campeonato de la Serie Mundial.

Cinco años después, en México, volvió a escribir historia retirando consecutivamente a los 27 bateadores de los Diablos Rojos para conseguir la perfección.

[Certeza] Su trayectoria permite considerarlo no solamente uno de los deportistas más importantes nacidos en Matamoros, Coahuila, sino también una figura destacada en la historia del béisbol mexicano: primer mexicano con anillo de Serie Mundial, miembro del Salón de la Fama del Béisbol Mexicano y autor de uno de los pocos juegos perfectos de nueve entradas de la Liga Mexicana.

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